“Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios “ Isaías 50:4

Estamos familiarizados con la palabra muerte; aunque este es un tema que genera muchos sentimientos, las noticias diarias en periódicos, noticieros y redes sociales hace que cada día escuchemos esta palabra con más frecuencia.

Como pastores o líderes  son muchas las veces que nos  vemos enfrentados a procesos de duelo, es nuestra responsabilidad cada día capacitarnos para que el acompañamiento que podamos a hacer a una persona que ha perdido un ser querido sea de beneficio y crecimiento para ella. 

“El Duelo es la respuesta emotiva y natural a la perdida de algo o alguien” (Fonegra en Mora 2006). Este proceso implica todas las dimensiones de la persona: emocional, social, cultural, espiritual y física. El cuidador debe estar dispuesto a ser un canal de ayuda en cada una de estas áreas. El duelo es sano, aunque no se da sin dolor, es natural y es un respuesta sana a una pérdida significativa.

Un proceso de duelo implica tiempo, este comienza con un impacto inicial y varias etapas, hasta llegar a la aceptación de la muerte; sin embargo en todas las personas se manifiesta de una manera diferente; es allí donde es de suma  importancia el acompañamiento psicoespiritual, esta labor realizada de la manera correcta proveerá a la persona herramientas importantes para llevar a cabo un proceso sanador.

La sola presencia de la persona que se acerca a acompañar ese dolor, ya es un consuelo y aliento; muchas veces nos tomamos bastante tiempo en pensar y preparar lo que vamos a decir cuando nos encontremos con el doliente; pero el solo hecho de “estar ahí” implica una fortaleza muy grande. Un abrazo, una palmada y hasta llorar con aquella persona, hace que muchas veces las palabras sobren. Algunas vez un doliente dijo: “Ese día del entierro de mi madre no me acuerdo de nada de lo que me dijeron, pero si me acuerdo claramente quienes estuvieron allí”. 

¿Cómo cumplimos la labor de “Estar Ahí”? 

  • Acudir a la persona afligida tan pronto como sea posible.
  • Estar dispuesto escuchar de una manera activa, evitar hablar mas de lo necesario, el solo escuchar ya es sanador.
  • No trate de explicar todo. 
  • Comparta las promesas de Dios. El uso adecuado de la Palabra de Dios es muy pertinente; por si mismos no tenemos nada que pueda curar un corazón afligido, solo Dios tiene el poder para hacerlo, pero tenemos una herramienta poderosa que puede ser muy útil en momentos de aflicción.
  • Evite palabras “encasilladas “
  • Se como se siente 
  • Dios sabe porque se lo llevo 
  • En el cielo está mejor 
  • No llore 
  • Por algo sucedió esto 

Estas y otras palabras similares en lugar de ayudar puede perturbar a la persona.

  • No tenga miedo de “llorar con los que lloran” 
  • Ser pacientes. Debemos recordar que el dolor es un proceso difícil  que merece de tiempo, no se puede esperar que de la noche a la mañana la persona haya superado la muerte de un ser querido. 
  • Visitar a la persona durante la semanas siguientes al funeral. Muchas personas pueden experimentar una fortaleza muy grande en el instante de la partida, pero al transcurrir los días las tristeza y la soledad puede ser enorme.

Otro aspecto importante cuando tenemos la oportunidad de hacer un acompañamiento espiritual a una persona que haya vivido la perdida de un ser querido es  conocer las fase del duelo en la cual se encuentra, pues aunque la mayoría de veces comenzamos  dicho acompañamiento desde el principio de la perdida, nos podemos encontrar con personas que lleven determinado tiempo en este proceso y ya hayan experimentado algunas etapas del duelo.

Yuly A. Gallo
Comunicadora Social / Pastora

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